Absoluto

sábado, 25 de enero de 1986

¿Y, de qué sirve?
De nada sirve.
Tú no estás conmigo, dices que sí, pero no lo estás.
Realmente no lo estás.
Quieres, pero no lo estás.
No sé si pueda, vendrá mi turno, llegará mi hora.
Ellos arden... como quemándose.
En mí, se queman.
Son tantas las gotas, las conté.
Pero siguen ahí las incontables, las invisibles.
Y todavía arden.
Se queman, en mí.
En mi cara.
Un simple gesto.
Una simple palabra.
Es un sólo conjunto, de figuras inhumanas.
Figuras, inhumanas.
Y el verde realza, el rojo lo sigue, pero el negro abunda, en mí.
Sobretodo en mí.
Me veo y me molesta.
Y duele.
La quemada de la ardida de la gotera de ellos.
Pero a nadie le importa.
Nadie quiere una flor sin pétalos.
Verde, nadie te quiere, verde, verde limón.
Nadie la quiere.
No sirve de nada, porque tú no quieres que sirva.
No haces que sirva, y eso me molesta.
Y la flor por muy simple que sea, tiene colores hermosos, belleza.
Linda flor, te quiero, flor, porque eres la más bonita de todas.
¡Tus colores son lo máximo!
Y a ti, flor fea: púdrete.
No tienes pétalos, no tienes belleza.
Adiós, flor fea.
Pobrecita flor.
El negro abunda, el negro se queda.
Y a nadie le importa que ellos ardan, porque de todas formas, nadie tapa las goteras. Y mientras existan, siempre seguirán quemando.
Sobretodo en mí.
Pero de nada sirve que a alguien le importe, porque nadie realmente quiere escuchar.
El tiempo se detiene a veces.
En mi cara, no avanza. Pero no te interesa.
Me haces daño.
Me hago daño.

Adiós, flor.


n o t e c r e o

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