La noche

miércoles, 12 de febrero de 1986

Estaba con él, lo había conocido minutos atrás en un bar mientras compartíamos nuestras experiencias y nuestros tipos de vida. Qué haces tú, qué hago yo, cómo estás. Había algo en él que me atraía, su linda barba, su linda boca, su tacto conmigo, cuando me tomó la mano, cuando se acercó a mí.
Me había recién encontrado con él cuando estaban cerrando, así que bajamos, pero me detuve. Yo no andaba sola. Lo que eventualmente terminé por olvidar. Dejó de importarme y me fui de su mano, hacia donde ninguno de los dos sabía, hablando trivialidades que sólo nosotros conocemos.
Cada vez me sentía más parte de su vida, como si nunca hubiera existido el "no te conozco", todo detalle de nunca habernos visto era nulo y sus brazos me rodeaban como si fuese lo que él más quería, su ternura y la mía invadían y llenaban cada espacio del lugar. Nuestro reflejo en las ventanas capturaba lo más maravilloso de lo que podría llamarse amor. Amor en su conceptualidad.
Él lograba que yo me dejara llevar, y al yo hacerlo él también se olvidaba del resto. No había nadie más en las calles, y, aunque hubiese, nunca las habríamos notado, el poder de nuestra unión superaba los límites de la existencia. Cualquiera que nos hubiera visto diría lo mismo, pero no así tanto como nosotros mismos que logramos vivirlo.
Eran las 5 de la mañana, y habíamos llegado a donde finalmente nos dirigimos. Al entrar, todos nuestros encantos realzaron y de nuestras bocas salió el aire que debíamos respirar.
No se veía nada, la oscuridad de la noche nos había sumergido hasta lo más profundo. Y, entonces, logró besarme, y, con su beso, posar sus manos en mi cuello. Luego, yo también lo besé.
El poder de la pasión se nos dio en bandeja y yo no lo quise tomar. Estaba ahí para mí como usualmente lo está, pero nuevamente lo rechacé. Sus manos me buscaban, su calor rodeaba nuestros extremos y me incitaba a ceder, pero yo no lo hice. Sentí su cariño en concreto mientras se abalanzaba hacia mí, mientras con su tacto acariciaba cada centímentro de mi cuerpo. Cómo me gustaba besar sus labios, su cuello. Cómo me gustaba que besara mi boca. Claramente me hacía aspirar a más, y a la vez lograba hacerme olvidar de todo otro asunto. Sólo él y yo, en ese momento, en ese lugar, con la oscuridad encima y la emoción por dentro.
Lo que me hizo sentir mientras el tiempo transcurría, mientras la inmensidad se nos hacía cada vez menos enorme, cuando el mundo se volvía sólo una pieza, con sólo dos personas. Y entonces él me buscó, y en ese entonces yo estaba para él. La sensación que ocurrió en mí logró abrir mis ojos, y con mis ojos se abrió mi boca, el sentir que me invadía estalló mi interior, el dolor.
Y así en la mañana siguiente todo acabó sin un adiós.
Nada de lo que fue logró perdurar, lo único que quedó fue el dolor que me hacía recordar lo que vivimos, y lo que no logramos vivir también.
Cuando él despertó, estaba solo. Y se dio cuenta de que nunca debió haber hecho lo que hizo.

Quién hubiese dicho que mi pensar y el de él no valdría de nada. Que sólo emoción y ansiedad nos uniría. Que nada es real, que nada lo fue.
Que la magia de la noche nos terminó por encantar.

1 absurdos intentos de comprensión:

Anónimo dijo...

tu historia es muy linda y triste a la vez, espero que el tiempo no borre los lindos momentos que pasaste.. siempre hay una luz que te guiará, ten presente siempre eso..